LENGUAJE Y PERCEPCION


El lenguaje ejerce un poder capaz de transformar la realidad. Como tal nuestros usos lingüísticos reflejan nuestra conciencia de la realidad y sus posibilidades. Se dice que sólo entendemos verdaderamente algo que podemos explicar –o expresar con claridad. Al acercarnos a los mundos sutiles de la realidad, a la percepción de lo que en un principio es sólo una intuición o un deseo de conocer, solemos emplear términos usados para englobar una sensación general, los cuales no son necesariamente precisos. De igual manera al buscar sentido –o resolver las “grandes preguntas”—rápidamente recurrimos a vastos conceptos, sucedáneos de absolutos. Por ejemplo: el amor, la espiritualidad o la energía. Estos términos comodines, en su abuso, pierden su significado. Y si pierden su significado entonces dejan de ser herramientas para entender y luego tal vez transformar la realidad.

En el caso de la energía, esta palabra es usada para significar casi cualquier cosa invisible que de alguna manera sentimos --o para hacer referencia a la cualidad íntima de las cosas que trasciende la materia. Hablar de energía suele ser sinónimo del alma, de dios, del universo, de la vibración, y de casi cualquier fuerza desconocida. Las frases abundan: dios es energía, dios es amor; el universo es energía, el universo es vibración, etc. La física define a la energía como la capacidad de realizar un trabajo –misma que no suele poder ser observada directamente sino que debe de ser calculada por su estado. La espiritualidad suele hablar de “buena” o “mala” energía, atribuyendo aquí una dimensión moral que poco tiene que ver con la capacidad de realizar un trabajo.

Diferenciar lingüísticamente entre tipos de energía habla no sólo de una riqueza expresiva y de una mayor precisión verbal, también de una mayor agudeza perceptiva. De la misma manera que los esquimales tienen numerosos términos para la nieve, una sociedad para la cual en el trato cotidiano la energía es importante debe de tener numerosos términos para ésta. Esto no sólo es manierismo; estudios como el de la Dra. Lera Boroditsky han mostrado que las personas que tienen una mayor cantidad de términos para describir algo desarrollan una mayor percepción. Un ejemplo es el caso de las personas que hablan ruso, las cuales pueden percibir un mayor gradiente de azules que las que hablan inglés, precisamente porque el ruso obliga a distinguir entre azules en la convivencia diaria.

Así podemos suponer que un léxico más amplio para describir la energía podría significar un abanico perceptual más amplio. Se pueden utilizar términos científicos: energía toroidal, energía magnética, energía cinética, energía nuclear, energía iónica, etc (alcanzamos así a obligarnos a encontrar cierta sensación térmica o geométrica en nuestra percepción de algo y de alguien, nos hacemos sinestetas en el vuelo del lenguaje). O tal vez se puede hablar en términos de elementos como rige la astrología: energías más volátiles (como la del aire), más serenas (como la de la tierra), más emocionales (como la del agua) o más creativas (como la del fuego), etc. Acuñar neologismos sería la siguiente etapa. Esto es solamente un modelo pero podrían proponerse muchos otros. Cuando el lenguaje se vuelve claro, el mundo también cobra cierta luminosidad.